sábado, 30 de mayo de 2009

5. SEGUNDA APROXIMACIÓN A LOS PROBLEMAS TERMINOLÓGICOS Y CONCEPTUALES

Quienes tenemos como lengua materna la española y trabajamos en el campo de la información, debemos mostrarnos atentos a los nuevos términos (algunos son abreviaturas) que se utilizan en el extranjero para referirse a objetos, servicios, procesos y procedimientos que son de nuestra incumbencia, pues es probable que en algún momento se introduzcan a nuestro idioma y eventualmente adquieran carta de naturalidad.
Esta situación nos coloca en un ambiente que percibimos como cambiante, a veces en demasía, por tener que convivir con fanzines, escáneres, fax, laptops, Wi-Fi, RFID, iPods, podcasts, blogs, wikis, e-books, así como los nuevos recursos tecnológicos que surjan por estos días, algunos desplazando a otros que llegaron antes, o bien abriéndose paso con nuevas utilidades. A lo anterior, podemos agregar los servicios de OPAC, e-learning, e-mail, GIS, GPS y coaching, los procesos de framing, de UML y de RUP, o los procedimientos para el download o el advocacy.
Algunas veces, los términos son traducidos con mayor o menor éxito a nuestro idioma, aunque en ocasiones la opción elegida no es aceptada, como recuerdo que ocurrió cuando la Revista española de documentación científica sugirió hace años el término “ramoneo” como equivalente literal en español para “browsing” (hojear). En otros casos, falta conocimiento de la propia lengua para decidir cuál sea la mejor traducción, como cuando la editorial colombiana Rojas Eberhard incluyó en su versión al español de las Reglas de catalogación angloamericanas el término “recurso integrado” como equivalente erróneo para “integrating resource” (recurso integrante).
Los términos que se refieren a objetos por lo general no presentan problemas para su uso, y a mediano o largo plazo se les puede incorporar en el Diccionario de la lengua española, tal como ocurrió con escáner y fax. En otros casos, aunque existe un término en español, se prefiere el extranjero por ser más breve o por valoraciones que se le asignan. Tal es el caso de “chat” (charla).
Hay términos que conocemos en la red o en la literatura y que, aunque se traduzcan, no llegan o no adquieren mayor impacto en algunos países, a menos que alguien se decida a ser su introductor o difusor. Tal es el caso de “médiologie”, creado por Régis Debray para significar un modo de conocimiento “consistente en reportar un fenómeno histórico a partir de las mediaciones institucionales y prácticas que lo han hecho posible” (Merzeau; 2009). Este término se ha traducido al español como “mediología” y hoy tiene 11 mil 500 entradas en este idioma en Google.
Algunos de los retos que ahora enfrenta nuestra lengua los encontramos en términos extranjeros como “informing sciences”, “advocacy”, “information commons” y “blended librarian”. El primero podría traducirse como “ciencias informantes”, aunque este nombre aún no nos diga nada por sí mismo. Para el segundo se ha propuesto en Puerto Rico “negociación política”, aunque esta traducción se considera poco adecuada para su manejo en la bibliotecología. Los términos tercero y cuarto son más difíciles, pues “information commons” se refiere a una forma de organización de los recursos bibliotecarios tomando como centro todos los componentes tecnológicos y digitales que se posean, con el objeto de reflejar la manera como el usuario utiliza todos estos recursos. En este sentido, se parece un poco a la noción de “biblioteca híbrida”, aunque puede haber una distinción por las formas de organización que se utilizan.
Ahora estoy leyendo un interesante libro de Bell y Shank sobre el concepto de “blended librarian”, que estos autores proponen para la biblioteconomía académica de los Estados Unidos. Con este término denominan al bibliotecario que “retiene los valores tradicionales de la biblioteconomía académica, pero los mezcla con nuevas herramientas, como el diseño de instrucción y las habilidades tecnológicas” (Bell y Shank; 3). La manera como este bibliotecario consigue transformarse en un “blended librarian” –siguen estos autores- es a través de la intencionalidad y la planeación, en otras palabras, por medio del diseño.
¿Cómo traducimos “blended librarian”? Los amantes del café habrán notado que en los empaques de importación de este producto se indica si el mismo es un “blended coffee”, esto es, una mezcla de varios tipos de granos distintos. En este sentido “blended” se traduce como “mezclado”. ¿La traducción adecuada sería “bibliotecario mezclado”? Se lee fatal. Volviendo al concepto, notamos que se refiere a un sujeto con una formación compuesta por conocimientos de tres áreas, que deben estar combinados para obtener como resultado un profesional especial. El juego con los sinónimos de “mezclado” no ayuda nada, ni llamarle meramente “bibliotecario académico”, pues sólo se incrementa la confusión.
Abundando aún más en la obra de estos autores, el “blended librarian” debe ser un agente de cambio e innovación, capaz de establecer comunicaciones dirigidas hacia la colaboración y la interdisciplina, y con un fuerte énfasis en su rol como diseñador de programas de instrucción y educativos (Bell y Shank; 8). Con esta nueva información, ¿podríamos aceptar traducir el término como “bibliotecario diseñador”? Dejo la moneda en el aire.
Como vemos en ésta y la anterior reflexión, los problemas terminológicos y conceptuales son muchos en el campo de la información; sin embargo, son notables las estrategias que desarrollan los profesionales para poder funcionar sobre este terreno inestable. Eso nos lleva a decir, coreando a Giordano Bruno en la hoguera, “et pur si muove!”.

Bibliografía
Bell, S.J. y Shank, J.D. (2007). Academic library design: A Blended librarian’s guide to the tools and techniques. Chicago: ALA.
Informing Science Institute. (2009). Recuperado: 30 mayo 2009. En: http://informingscience.org.
Joint Steering Committee for Revision of AACR. (2004) RCAA: Reglas de catalogación angloamericanas. 2a ed., rev. 2003. Bogotá: Rojas Eberhard.
Merzeau, L. (Marzo 2009). Le Site de la médiologie. Recuperado: 30 mayo 2009. En: http://www.mediologie.org.
Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española. 22a ed. Madrid: RAE. Recuperado: 30 mayo 2009. En: http://www.rae.es.

domingo, 24 de mayo de 2009

4. PROBLEMAS CONCEPTUALES DEL CAMPO DE LA INFORMACIÓN : PRIMERA APROXIMACIÓN

Con el surgimiento y posterior desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), muchos nos hemos asombrado por el rápido auge terminológico que ocurre a nuestro alrededor para nombrar los nuevos fenómenos que aparentemente se están descubriendo. Y digo que es aparente, pues en cuestión de los conceptos y los referentes correspondientes es donde esos términos no acaban de amarrar un significado.
De esta manera, términos como “brecha digital”, “infopobreza”, “infoestética”, “infoética”, “infodiversidad”, “infoxicación”, “calidad de la información”, “propiedad o apropiación del conocimiento”, “habilidades o competencias informativas”, “usabilidad” y otras decenas de términos, son materia de asociación, discusión, exaltación y manoseo diario por los estudiosos y especialistas. Un aspecto importante de todo este movimiento, son los conceptos que se quieren asociar con esos términos, ocurriendo que a veces no hay acuerdo entre las distintas reflexiones que se realizan, aunque los sucesivos intentos vienen a enriquecer el campo de la información, pues todavía hay una carencia de acuerdos en materia de muchas ideas. De esta manera, parece que el camino a seguir consiste en primero fijar algunas nociones operativas para poder avanzar en el conocimiento de los fenómenos.
Con la emergencia de nuevos términos, se apunta al surgimiento de conceptos que pueden corresponder a aspectos de la realidad que antes no se habían notado, pero que siempre estuvieron ahí, o que bien sólo pudieron verse hasta que los evidenció la práctica con las tecnologías.
A modo de ejemplo, tenemos que con el inicio del milenio se empezó a divulgar el término “infopobreza” en los países desarrollados. De esta manera, en la página que anuncia la IX Conferencia Mundial sobre Infopobreza, organizada por el Observatorio para la Cultura y la Comunicación Audiovisual (OCCAM) y que fue realizada en marzo de este año, se dice que infopobreza “es una plataforma común dirigida al combate de la pobreza a través del uso innovador de las tecnologías de la información y la comunicación, con capacidad para proporcionar servicios de banda ancha como telemedicina, educación en línea, gobierno digital, etc., a comunidades en desventaja” (Observatory…; 2009). En relación a este organismo, el Presidente de la OCCAM, al referirse en una conferencia al Programa de Infopobreza que lleva su organización, hizo mención a que también se le llama “de integración digital” (Saporito; 2003).
Encontramos otro concepto en el sitio del Instituto de Infopobreza, del Colegio de Educación Continua de la Universidad de Oklahoma, donde se define este término como la “falta de acceso a información básica que reforzará a los individuos y las comunidades para que mejoren sus circunstancias” (Infopoverty Institute; 2005).
Tenemos así estas tres propuestas, en las que encontramos las siguientes nociones distintas para la infopobreza:
1. Plataforma común dirigida al combate de la pobreza.
2. Integración digital.
3. Falta de acceso a la información básica.
Alguien puede decir que estos tres conceptos se refieren a lo mismo visto desde distintos ángulos, sobre todo si los consideramos desde una perspectiva democratizadora que promueva el uso de las TIC. Sin embargo, un acercamiento nos permite notar que el primer concepto se refiere a una entidad u organización, el segundo a la misión de un programa y el tercero a una dificultad que se debe resolver.
Observamos también que al clasificar estos conceptos como medios o fines, ubicaríamos el primero y el último indicando medios, en tanto que el segundo sería un fin. Además, al ver la primera definición, notamos que la integración digital (segundo concepto) sería un medio para su logro, siempre que entendamos que significa lo mismo que el uso de las TIC.
Debemos aclarar que en torno a estos conceptos realizan trabajos varias organizaciones internacionales, que al respecto dan cabida a múltiples expresiones, acciones y experiencias en todo el mundo. Asimismo, en relación a las nociones asociadas al término “infopobreza” existe una amplia discusión que se ramifica hacia otros términos, como los de “brecha digital”, “calidad de la información”, o de “infodiversidad”, al tiempo que sigue generándose nueva terminología.
Las acciones vinculadas con el término “infopobreza” tienen que ver con el establecimiento de generadores de energía con fuentes alternas en zonas rurales marginadas, con la telefonía rural, con el acceso a los medios masivos de comunicación escritos, electrónicos y audiovisuales, con la capacitación para desarrollar habilidades técnicas y manejar la información correspondiente, con el desarrollo de fuentes de información local, y sobre todo con la disponibilidad de equipos y conectividad para tener acceso a la Internet.
¿Existía la infopobreza antes de este término? ¿Qué información utilizaban los pobres? ¿Qué información requerían? ¿Se veían sometidos a carencias de información que tal vez podríamos llamar “pobreza informativa”? ¿La “pobreza informativa” sería lo mismo que la “infopobreza”? ¿La información realmente puede, por sí misma, servir para que los pobres dejen de serlo? ¿El término “infopobreza” es sólo una moda que aún no termina? ¿El término “infopobreza” es relativo a una sociedad o cultura en particular, o tiene un alcance universal? ¿El término “infopobreza” corresponde a una estrategia capitalista que sólo se refiere a acciones de infraestructura para generar nuevos mercados?
Hay más preguntas que respuestas en relación a este término que tomamos como ejemplo, y varias de ellas apuntan a interesantes problemas de investigación que podríamos estudiar en distintos ámbitos: Por ejemplo, en la biblioteca pública rural, en la que se ubica en zonas urbanas marginadas, o la que sirve a comunidades indígenas, quizá la biblioteca que atiende a comunidades vulnerables, o la que se encuentra en zonas devastadas por la explotación de sus recursos naturales y por la contaminación.

Bibliografía
Infopoverty Institute. (2005). Recuperado: 24 mayo 2009. En: http://infopoverty.ou.edu.
Observatory for Cultural and Audivisual Communication. (2009). Infopoverty. Recuperado: 24 mayo 2009. En: http://www.infopoverty.net.
Saporito, P. (2003). Palabras del Arq. Pierpaolo Saporito. Recuperado: 24 mayo 2009. En: http://www.iglesiaeinformatica.org/5-3-Pierpaolo%20Saporito%20corr.pdf.

sábado, 16 de mayo de 2009

3. EL PROBLEMA DE SER BIBLIOTECARIO

En estos momentos en que estoy estudiando sobre la naturaleza de los problemas en el campo de la información, siento la necesidad de abordar un tema que para mí es bastante importante, pues me ha acompañado en los más de cinco lustros que llevo trabajando en bibliotecas y nuevamente se está reconfigurando. En el derrotero que relataré sucintamente, trataré de no perder el rigor de las anteriores contribuciones, a pesar de lo entrañable que me resulta platicar de estos asuntos.
Pocos años después de que salí de la Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía, el director me preguntó sobre cuán útil era para mi desempeño laboral la formación que me dio la escuela. Yo le respondí que todo me servía, pero que me hubiera gustado que alguien me explicara lo que era un sindicato, pues todos los días había tenido que lidiar con alguno. Mi respuesta no debió agradarle, quizá porque no hacía referencia a un conocimiento tenido como propiamente bibliotecario.
Tiempo después, hicimos un grupo de estudio Marcela Camarillo, Óscar Maya y yo para revisar algunas obras que considerábamos centrales para la bibliotecología. Una de ellas era de Shera, su Los Fundamentos de la educación bibliotecológica, en la que plantea dos conceptos históricos para definir al bibliotecario: El bibliotecario erudito y el bibliotecario mediador (Shera; 201-202). El segundo concepto es apoyado por este autor porque considera que “hace posible la sustitución del propio juicio u opinión subjetiva del bibliotecario por un estudio objetivo de lo que la sociedad espera obtener de los libros o registros en cualquier etapa de su desarrollo cultural” (Shera; 202). Más adelante indica que “de todas las profesiones, la de bibliotecario es probablemente la más derivativa y sintética, dependiente sobremanera de las disciplinas más formales para la derivación de su propia estructura teórica y cuerpo de práctica” (Shera; 207).
A partir de mis lecturas y mi propia experiencia, estoy cierto de que la formación técnica y profesional de los bibliotecarios se ha dirigido, desde sus inicios, a resolver problemas de organización, de arreglo y presentación del conjunto documental que compone la biblioteca, agregando después la implementación de los servicios, la mejora de esos servicios con el apoyo de las tecnologías de la información y la comunicación, y hoy la administración de la información, los documentos y los servicios en soportes digitales. En este sentido, la formación de los bibliotecarios está dirigida a preparar sujetos que puedan hacerse cargo de una biblioteca, resolviendo todos los problemas internos de esta institución, así como los problemas que les puedan plantear la organización de adscripción y los usuarios.
Por otra parte, durante años he realizado diversas lecturas que pretenden teorizar el campo de la información en disciplinas que se antojan la misma o muy cercanas, aunque tienen diferentes denominaciones. La investigación de estas materias comenzó desde el siglo XIX, pero fue, como dice Brooks, para orientar los valores o para interpretar los fenómenos que ocurrían en la práctica bibliotecaria (Brooks; 245). Sobre el primero de éstos, a decir de este autor, los bibliotecarios se han dedicado a opinar sobre los valores asociados a la biblioteca.
En relación a lo anterior, un segmento de la investigación se ha dirigido a atender el problema de la fundamentación teórica de la disciplina bibliotecaria, buscando responder a preguntas sobre su identidad, como las siguientes: ¿Cuál es el nombre de nuestra disciplina? ¿Cuál es su naturaleza y alcance? ¿Cuáles son sus objetos de estudio o investigación? ¿Cuáles problemas se plantea? De esta manera, Pérez Pulido y Herrera Morillas se han ocupado de fundamentar la biblioteconomía, mientras Rendón Rojas se interesó por hacerlo con la bibliotecología, y Brown César con la ciencia bibliotecaria. Otros autores se han ocupado de hacer lo propio con la ciencia de la información y con las ciencias de la documentación.
Ahora estoy leyendo un par de libros que de nueva cuenta me están llevando a preguntarme por el bibliotecario que soy. Se trata de De volcanes llena: Biblioteca y compromiso social, que es una compilación realizada por los profesores españoles Gimeno Perelló, López López y Morillo Calero, y del libro de Toni Samek llamado Biblioteconomía y derechos humanos: Una Guía para el siglo XXI. Estas dos obras abordan aspectos de responsabilidad y compromiso de los bibliotecarios. Sin embargo, se refieren a nociones que, por los casos relatados, parecen externas a la biblioteca, como los derechos humanos –en particular, abordan la libertad de expresión- y la persecución que se hace a los bibliotecarios por expresar sus opiniones. También tratan sobre el compromiso social, el activismo bibliotecario, la privatización del conocimiento, la situación de las bibliotecas durante momentos de excepción, como las guerras, el servicio bibliotecario para grupos con necesidades especiales y la construcción de una ética bibliotecaria más comprometida con los movimientos sociales y con responsabilidades sociales claras. Debo confesar que la lectura de estos textos me resulta muy interesante, aunque no deja de sorprenderme la necesidad de notoriedad de algunos autores, quienes sin dejar de ser muy conservadores, se han abierto a la solidaridad con diversas causas y proponen lo que hacen o piensan como ejemplo para otros bibliotecarios.
Todas estas lecturas, así como las experiencias que he acumulado, me plantean dudas y pruebas, aunque no han sido grandes barreras para mi desempeño profesional como bibliotecario. Sin embargo, no dejan de inquietarme por el temor de sentir que en algún momento todas las incertidumbres e inseguridades que traducen puedan constituirse en una verdadera barrera para mí, así como he visto que ocurre con otros colegas que han caído en estancamientos, perpetuidades, permanentes deslumbramientos, inmovilidades, o que se dedican a viajar por otros países para luego recetarnos las novedades que encuentran, aunque todavía no las desempaquen de las lenguas y culturas extranjeras.
Como dije antes, a través de las lecturas que ahora hago estoy en una nueva búsqueda para encontrar el bibliotecario que soy, enfilándome hacia una especialización profesional para solucionar problemas en el campo de la información. En este sentido, estoy convencido de que el problema de ser bibliotecario debe ser uno abierto por los cambios que permanentemente nos impactan.

Bibliografía
Brooks, T.A. (Fall 1989). The Model of science and scientific models in librarianship. Library trends, 38(2), 237-249.
Brown César, J. (2000). Elementos para una teoría bibliotecaria. México: ENBA.
Diccionario ideológico de la lengua española. (1998). Barcelona: Bibliograf.
Gimeno Perelló, J., López López, P. y Morillo Calero, M.J. (Coord.) (2007). De volcanes llena: Biblioteca y compromiso social. Gijón, Asturias: Trea.
Pérez Pulido, M. y Herrera Morillas, J.L. (2005). Teoría y nuevos escenarios de la biblioteconomía. Buenos Aires: Alfagrama.
Rendón Rojas, M.A. (1997). Bases teóricas y filosóficas de la bibliotecología. México: UNAM, CUIB.
Samek, T. (2008). Biblioteconomía y derechos humanos: Una Guía para el siglo XXI. Gijón, Asturias: Trea.
Shera, J.H. (1990). Los Fundamentos de la educación bibliotecológica. México: UNAM, CUIB.

martes, 5 de mayo de 2009

2. IDENTIFICACIÓN DE PROBLEMAS EN LA BIBLIOTECOLOGÍA

A los bibliotecólogos les interesa saber cómo se pueden conocer los problemas que enfrentan de la mejor manera, como una condición para optimizar la búsqueda de las posibles soluciones.
Según Elder y Paul, “los problemas están arraigados en el tejido de nuestras vidas, casi tanto como las decisiones” (Elder y Paul; 26). Añaden que los problemas son de dos clases: los que nosotros creamos por nuestras decisiones o comportamientos, y los creados por fuerzas externas a nosotros. Para cada una de éstas, tenemos problemas que podemos resolver completa o parcialmente, y problemas que están fuera de nuestro control. A este respecto, indican que “estamos más inclinados a resolver problemas que nosotros mismos creamos, porque muchas veces tenemos la capacidad de dar marcha atrás a una decisión que tomamos previamente y modificar el comportamiento que tuvimos antes”.
Podemos encontrar ejemplos de problemas en la producción bibliográfica bibliotecológica. Algunos casos son los siguientes:
1. Juan José Calva González definió su problema de investigación con un conjunto de preguntas: “¿Qué es el fenómeno de las necesidades de información? ¿Qué son las necesidades de información y cuál es su origen en el hombre? ¿Cómo se manifiestan las necesidades de información? ¿Cómo se satisfacen las necesidades de información? ¿Qué métodos se han utilizado para la identificación de las necesidades de información? ¿Cuál es la metodología óptima para analizar, de forma integral, el fenómeno de las necesidades de información?” (Calva González; 4).
2. Berta Enciso Carvajal planteó su problema de la siguiente forma: “Los bibliotecarios estamos obligados a presentar modelos que demuestren la utilidad e influencia de las bibliotecas en la comunidad, y a lograr el consenso necesario para que se les considere un fenómeno tan natural y cotidiano como lo es el aprendizaje” (Enciso; 10). A esto agregó que “el contexto en que se plantea el problema, se ocupa primordialmente de los intereses de usuarios de las bibliotecas, quienes deben contar con sistemas actualizados, eficientes y bien organizados, para documentarse”.
3. Pilar María Moreno Jiménez exploró los orígenes y posteriores desarrollos del concepto de “epistemología social”, que fue propuesto desde 1950 por Margaret Egan y Jesse Shera. A partir de esta acción, identificó el siguiente problema: “Valorar la epistemología social como opción para los estudios de la información” (Moreno Jiménez; 38). Esto la llevó a plantearse otros asuntos relacionados: “Cabe cuestionarnos si es correcto desplazar el centro de atención de nuestra disciplina, de la información al conocimiento”, pues “desde esta perspectiva, la información sólo tiene sentido si produce conocimiento”. A lo que añadió una nota sobre “el interés por conocer el impacto que la información tiene sobre el conocimiento, tanto en su dimensión individual como social” (Moreno Jiménez; 49-50).
Estos tres planteamientos tienen en común que se refieren a problemas identificados por sus respectivos autores. Esto es, en cada caso, el autor decidió brindar su atención a algo que percibió como una dificultad de la bibliotecología: Los dos primeros se refirieron a fenómenos, aunque lo hicieron de distinto modo, pues Calva Jiménez lo asumió como algo dado, mientras Enciso Carvajal lo concibió como una calidad que se debía buscar para las bibliotecas. Por su parte, Moreno Jiménez prefirió dedicarse a un concepto.
En los dos primeros casos, los autores definieron sus problemas, en tanto que Moreno Jiménez exploró el desarrollo del concepto que le interesó para arribar al planteamiento del problema de investigación.
De esta manera, encontramos que en la bibliotecología no hay un modo único para identificar los problemas, aunque sí existe la tendencia a preferir problemas que no fueron creados por fuerzas externas a la propia disciplina. Habrá que seguir investigando sobre esta tendencia, sobre las formas como se manifiesta y sobre posibles contraejemplos.

Bibliografía
Calva González, J.J. (2004). Las Necesidades de información: Fundamentos teóricos y métodos. México: UNAM, CUIB.
Elder, L., Paul, R. (2002). Un Bolsilibro sobre el arte de formular preguntas esenciales: Basado en conceptos de pensamiento crítico y principios socráticos. Dilon Beach, CA: Foundation for Critical Thinking. Recuperado: 5 mayo 2009. En: http://www.criticalthinking.org/resources/PDF/SP-AskingQuestions.pdf.
Enciso, B. (1997). La Biblioteca: Bibliosistemática e información. 2ª ed. corr. México: El Colegio de México.
Moreno Jiménez, P.M. (2008). Epistemología social y estudios de la información. México: El Colegio de México.

sábado, 2 de mayo de 2009

1. ¿QUÉ ES UN PROBLEMA EN LA BIBLIOTECOLOGÍA?

Según su etimología, la palabra “problema” significa primeramente obstáculo y, por derivación, tarea a realizar, dificultad a resolver. La noción de problema involucra ideas distintas que refieren al plano conceptual o, a veces, corresponden al plano de lo real. De esta manera, al hablar sobre un problema podemos referirnos a una barrera u obstáculo teórico o físico, cultural o espacial, etc. También podemos referirnos a una prueba que debemos resolver. Otra característica del problema es que en él se pueden entrelazar dos o más tesis, lo cual hace que la solución resulte incierta y que, para hallarla, sea necesario aislar o despejar dichas tesis entre sí. El problema, entendido en este último sentido, puede presentarse como algo meramente subjetivo (la incertidumbre afecta a un sujeto concreto, aunque otros no la padezcan) o como algo objetivo (la incertidumbre se halla en la realidad, cuestión o situación considerada en sí misma).
En bibliotecología es frecuente que se aborden problemas sobre las diferentes entidades que son de interés de esta disciplina, así como en las relaciones que se establecen entre esas entidades. Es así que encontramos problemas en la formación y el desarrollo de las colecciones, particularmente con la aparición de nuevos soportes; o para atraer usuarios potenciales poco frecuentes o que no asisten a la biblioteca; o bien problemas para formar lectores maduros. A éstos podemos agregar problemas financieros de la biblioteca o los problemas que enfrenta para crecer en un espacio limitado; también problemas para elegir un sistema automatizado entre varias opciones; o cuando debe decidirse el horario de los servicios o las condiciones para que los usuarios puedan recibir esos servicios. Asimismo, para las decisiones que conlleva la aplicación del enfoque de calidad a los servicios bibliotecarios. Y qué decir de los problemas que plantean el estudio de las necesidades de información de los usuarios, la medición de la circulación de una colección particular, la planeación de los servicios bibliotecarios con énfasis en el usuario, la conformación de estructuras de cooperación bibliotecaria, o la evaluación de los servicios bibliotecarios.
Sin embargo, en ocasiones los problemas no están bien o completamente formulados, o bien se recurre a generar o aplicar normativas inductivas como soluciones legítimas. Un ejemplo lo encontramos en un libro de Frederick W. Lancaster publicado hace 30 años, dedicado a la evaluación y medición de los servicios bibliotecarios, que fue titulado Measurement and evaluation of library services. El mismo fue traducido al español por Elda Mónica Guerrero y publicado en 1983 por la Dirección General de Bibliotecas de la UNAM. Cabe aclarar que existe una segunda edición en inglés de 1991, que realizó el autor con Sharon L. Baker.
En esta obra, Lancaster entiende (Lancaster; 19) que la evaluación del servicio bibliotecario debe considerarse como un instrumento para la administración, que sirve para:
(a) Determinar cuán eficaz es la biblioteca para atender las necesidades de sus usuarios.
(b) Identificar las limitaciones y errores del servicio.
(c) Sugerir las formas en las que puede ser mejorado el servicio.
Según el autor, una razón para hacer evaluaciones es de índole financiera: Por la creciente competencia por los recursos; por las presiones inflacionarias; y por la necesidad de justificar la importancia de los servicios bibliotecarios (Lancaster; XV).
Notamos aquí que se evalúa por la barrera financiera que enfrenta la biblioteca para poder operar, y por la necesidad de justificar la importancia de los servicios bibliotecarios. Esta justificación es lo que se busca primero al generar el conocimiento (a)-(c) que indiqué antes, a través de un instrumento de evaluación. El autor asume que esta justificación, soportada en el conocimiento que brinden las mediciones y el instrumento de evaluación, habilitará la biblioteca de mejor manera para competir por los recursos y para soportar las presiones inflacionarias.
Es muy poco lo que abunda sobre esta razón para evaluar, o sobre otras posibles razones para hacerlo, por lo que no me parece que aclare suficientemente cuáles problemas pretenden resolverse con la evaluación, sino que el proceso evaluatorio parece que, por el mero hecho de aportar un conocimiento sobre el funcionamiento de la biblioteca, pudiera servir para cambiar su situación. Pero esto no pasa de ser un mero supuesto.
Es así que con este ejercicio vemos cómo podemos preguntarnos, para cualquier concepto o proceso de la bibliotecología, por los problemas que se consideraron en sus orígenes, entendidos como las inquietudes, las barreras, las elecciones y las pruebas que llevaron a su establecimiento y desarrollo.

Bibliografía
Lancaster, F.W. (1983). Evaluación y medición de los servicios bibliotecarios. México: UNAM
Real Academia Española (1992). Diccionario de la lengua española. 21a ed. Madrid: RAE.
Rodríguez Estrada, M., Fernández Ortega, J.A. (1997). Creatividad para resolver problemas: Principios y técnicas. México: Pax.