miércoles, 7 de abril de 2010

14. SOBRE EL ACCESO A LA INFORMACIÓN

Ahora me encuentro impartiendo una clase en la Maestría en Derecho a la Información y estoy muy comprometido en la reflexión, junto con mis alumnos, sobre conceptos que ellos manejan y nombran como “acceso” y “transparencia”. El primer término designa para los abogados un concepto que contiene varias ideas que en bibliotecología llamaríamos “disponibilidad”, “visibilidad” y “acceso”. En este sentido, los abogados y los bibliotecarios sabemos que no todo lo disponible está visible, ni todo lo disponible y visible es accesible.
El otro término -la transparencia- remite a ciertas prácticas y disposiciones de la disponibilidad y la visibilidad, aunque de suyo es un concepto muy general y no exactamente claro, por lo que no tiene un equivalente en la bibliotecología. De esta manera, el “transparentar datos” es una acción considerada clave dentro de un gobierno democrático, aunque la entendamos como subir y poner ciertos archivos en un sitio de la organización en la red, o como establecer una ventanilla de recepción y distribución de solicitudes de información y para dar las respuestas.
En la noción que manejan los abogados, el acceso a la información puede problematizarse con mucha facilidad, pues basta hablar de un obstáculo a la disponibilidad, la visibilidad o el acceso para estar ante un problema. Sin embargo, un rápido vistazo a cualquier situación problema como las indicadas muestra que es más compleja de lo que parece a primera vista. Pensemos para ello en dos ideas asociadas a esto que estamos mencionando: Censura y secrecía.
La RAE define la primera como “el dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito”, y que por desplazamientos de sentido se extiende para aplicarse también a algo, a una situación, o más específicamente a un delito o a algo nocivo. Quien aplica la censura puede ser un censor gubernativo o eclesiástico, aunque también se refiere -RAE dixit- a la vigilancia del yo y el superyó al ello. En esta definición podemos entender la censura como la mera acción de juzgar, pero históricamente sabemos que va más allá de esta acción, lo cual resulta claro en unas palabras de la séptima acepción en este mismo diccionario: “Para impedir el acceso a”. De esta manera, tenemos dos acciones consecutivas, juzgar e impedir el acceso, que caracterizan la censura.
El término “secrecía” no aparece en el diccionario de la RAE, pues es un neologismo del inglés “secrecy” que se usa en México y empieza a expandirse en el terreno legal y de los abogados de todo Iberoamérica. No es equivalente a “secretismo”, que sí consigna la RAE, y la principal diferencia estriba en que éste es el “modo de actuar en secreto con respecto a asuntos que debieran manifestarse”, en tanto que la secrecía corresponde a algo que debe mantenerse en secreto por alguna razón. En este sentido, la secrecía se aproxima a la confidencia, a lo confidencial que caracteriza el manejo de los datos personales, la seguridad nacional, el servicio postal, los secretos industriales, etc.* La secrecía, el secretismo y la censura existen y están fuertemente arraigados en nuestras culturas, como parte del control que se ejerce en las sociedades.
Podemos no estar de acuerdo con lo que en la práctica traducen estos conceptos, pero son parte de mecanismos que sirven para el funcionamiento del sistema social, o que sirvieron en algún momento y con el paso del tiempo pueden parecer/ser anacrónicos. De esta manera, notamos que en el pasado la censura sirvió para marcar el camino de la información permitida y deseable para el buen gobierno, el progreso social, el desarrollo razonado, y otros varios conceptos para los que operó, a veces abiertamente y frecuentemente en la sombra.
Sin embargo, las tres nociones se convierten en oro puro en las manos de un ideólogo, de un demagogo y, por desgracia, de cualquier charlatán manipulador de las mentes simples que tienden a pensar sólo en términos concretos.
Las bibliotecas viven inmersas y son parte de las sociedades que las crean, mantienen y desarrollan, y una consigna internacional que nos guía a los bibliotecarios es el acceso a la información sin barreras. Sin embargo, Dervin identificó hace años cinco categorías del acceso a la información, que pueden verse afectadas por barreras que impongan, o les impongan a los bibliotecarios, o bien que éstos omitan, y que son las siguientes: (Lancaster, 1983, p. 365):
1. Accesibilidad social: Se pueden poner barreras, por ejemplo, cuando no se perciben, o no interesan o no se aceptan algunas necesidades de los usuarios o clientes, a veces por preconcepciones o prejuicios, y por ende no se asignan recursos ni se establecen servicios para atenderlas. Un ejemplo es cuando se decide que los jóvenes, considerados usuarios potenciales de la biblioteca, no necesitan información sobre sexualidad y salud reproductiva, o que no deben poder jugar videojuegos o ver películas en la biblioteca.
2. Accesibilidad institucional: Este tipo de acceso se da por las previsiones que hacen las instituciones para hacer disponible, visible y accesible la información. No obstante, cuando se determina que ciertos recursos no pueden usarse más que con ciertas limitaciones, y esto se fundamenta por carencias presupuestales, reglamentos, disposiciones de las organizaciones, o por usos y costumbres de la institución, estamos ante una barrera de este tipo. Un ejemplo es la negativa a permitir que los usuarios lleven los diccionarios en préstamo externo, o cuando no se dispone de un número adecuado de computadoras para satisfacer la demanda.
3. Accesibilidad física: Consiste en las acciones que podamos llevar a cabo para facilitar el tránsito de los usuarios o los clientes hacia/en la información. En los últimos años, se habla mucho de las barreras físicas para las personas con discapacidad, sobre todo para quienes caminan con muletas o en silla de ruedas, y también respecto a los ciegos y débiles visuales. Sin embargo, también las personas que no tienen alguna discapacidad pueden verse impedidas: Por ejemplo, las personas de baja estatura para alcanzar los anaqueles altos, o cuando se distribuye de maneras caprichosas el acervo en la estantería, o cuando se adquieren documentos con letra muy pequeña o en papel muy delgado, etc.
4. Accesibilidad psicológica: Dervin entiende que esta forma de accesibilidad tiene que ver con las competencias y habilidades de los individuos para identificar sus necesidades de información; para estar dispuestos a, y poder expresarlas en forma de demandas o preguntas; para utilizar las herramientas de búsqueda que proporciona la biblioteca; para localizar los documentos; así como para encontrar la información requerida. Hoy sabemos que se ha supuesto que el usuario o cliente tiene estas características, por lo que se busca trabajar formando o desarrollando sus competencias informativas e informáticas, de manera que él pueda estar a la altura de la organización bibliotecaria. De esta manera, a todas las otras barreras que hemos indicado se agrega ahora el conjunto de las barreras que pueden resultar de una mala planeación de la formación o desarrollo de esas competencias.
5. Accesibilidad intelectual: Esta categoría corresponde al uso, evaluación y asimilación de la información por parte del usuario o cliente, que la propia Dervin ubica como atribuible a esta persona y no a la biblioteca. La mera consideración de los problemas de lectura que existen en nuestros países es un indicativo de esta barrera, que está presente en todo momento dentro y fuera de la biblioteca.
¿Aplicamos censura, secrecía y secretismo en las bibliotecas? Por supuesto que si, pues la biblioteca y nosotros somos parte de la sociedad, además de que ejercemos estas nociones a veces como una manera de demarcar lo que sentimos propio del bibliotecario, esto es lo que no puede estar disponible para los no-bibliotecarios, o que no puede ser de otra manera en la biblioteca. A este conjunto de nociones y prácticas preferimos llamarles como lo hace Dervin con sus categorias, de una manera más acorde al universo de los discursos bibliotecarios. Para alguien ajeno, parecerá como si los bibliotecarios estuviéramos en la Fantasy Library, con un señor Roarke a cargo y junto a él un servicial Tatoo que cuando atisba empieza a gritar ¡El Usuario! ¡El Usuario! Todo para empezar una historia feliz de acceso a la información.
Como se aprecia, el problema del acceso es muy amplio y de gran interés para todos en el campo de la información, por lo que lo volveremos a abordar en otra ocasión.

* Sabemos bien que contra estas formas de secrecía existen el espionaje, la apertura de la correspondencia sin permiso de los destinatarios, la venta de bases de datos personales, etc. Una forma de legalizar la disponibilidad y el acceso para consultar información personal es la Ley Patriótica de Estados Unidos, que alegando seguridad nacional obliga a las bibliotecas a proporcionar información sobre los préstamos de documentos que hacen sus usuarios.

Bibliografía
Lancaster, F.W. (1983). Efecto de la accesibilidad física y la facilidad de utilización. En: Evaluación y medición de los servicios bibliotecarios. México: UNAM. 357-367.
Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española. 22a ed. Madrid: RAE. Recuperado: 7 abr. 2010. En: http://www.rae.es.

domingo, 4 de abril de 2010

13. ¿ES POSIBLE EL BIBLIOTECARIO CREATIVO?

Durante mis 30 años de ser bibliotecario, he tenido la oportunidad de conocer a colegas que han logrado impresionarme con los problemas que se han propuesto resolver, así como por las soluciones que han intentado. Cuando aún era estudiante, conocí a don Joaquín Fernández Baillet, quien era bibliotecario de una institución bancaria. Recuerdo la preocupación que sentía porque la clasificación decimal de Dewey pudiera simplificarse en su presentación a los usuarios, y que de esa manera fuera más fácil de usar para ellos. Él andaba obsesionado con una solución que se le había ocurrido, que consistía en utilizar un código de colores, que incluiría degradaciones de color para los temas más específicos. Es de notar que en esos años en las salas infantiles de las bibliotecas públicas se utilizaba un código de flores de colores para distinguir las diez clases principales de esta clasificación.
Impresiones parecidas me produjeron los problemas que identificaron Jorge Luis Nieves Saavedra (el usuario desconocido), Francisco Javier González Quiñones (la carencia de colecciones locales en las bibliotecas públicas), Federico Hernández Esparza (la desorganización de los acervos musicales) y Rosa María Fernández de Zamora (la falta de registro de los acervos antiguos), por nombrar algunos de los varios que he tenido la oportunidad de conocer y tratar. Sin embargo, aún me impresionan más los derroteros de las soluciones propuestas, pues no han pasado de fracasos, medianías o abandonos, que la mayoría de las veces siguieron rutas trazadas en el extranjero desarrollado, y venidas a tropicalizar en estas tierras, o se extraviaron en vértigos y críticas absurdas.
Todo esto me ha llevado a pensar sobre si es posible que los bibliotecarios seamos creativos. Este es un tema que ha interesado a los bibliotecarios iberoamericanos desde hace casi cinco lustros, como muestra Moriya de Freundorfer (1984), quien señaló que “el bibliotecario puede reflexionar e identificar problemas existentes en las distintas actividades de la biblioteca… y concebir ideas nuevas y originales, investigar y explorar las posibilidades que ofrecen y mejorar y solucionar los problemas” (p. 20). Sin embargo, esto parece más una creencia, junto con un llamado a investigar más sobre la materia.
Chávez Villa (1992) convocó a los bibliotecarios para que dejen de ser “personas que esperan a que los que están arriba tomen las decisiones” y se vuelvan “agentes de cambio”. Para ello, consideraba que entre todos los cambios en las bibliotecas se debe dar más importancia a los nuevos tipos de información y a los nuevos niveles de acceso (p. 158). En esto último coincide con Capó (1995), quien agregó que el bibliotecario debe dar primacía a la planeación, de acuerdo con situaciones específicas, reales y concretas, como agente del cambio (p. 63).
Esta última autora también se refirió a las barreras que encuentran los bibliotecarios para ser creativos: Escasez de posibilidades, carencia de apoyo, desengaño, chatura en el trabajo y, sobre todo, falta de motivación. Concluyó afirmando que “pareciera que en nuestro medio la capacidad de inventiva fuera muy discreta”, para luego aseverar la imperiosa necesidad de que el bibliotecario logre la autoridad moral para intentar un mayor apoyo institucional, a través de la calidad de su trabajo y del liderazgo en la defensa del derecho a la información (p. 64).
Para Villanueva (2006), la motivación es el motor impulsor de la creatividad profesional y ambas son proporcionales, lo que le llevó a asegurar que “siempre que los bibliotecólogos estén motivados, esto se reflejará en su entorno físico laboral de inmediato, provocándose un clima de ánimo y participación general” (pp. 25, 28). Sin embargo, la motivación tiene impedimentos en la profesión bibliotecológica, que según esta autora son los siguientes:
(a) No percibir las consecuencias y los resultados positivos de la labor bibliotecaria.
(b) Problemas del medio bibliotecario, debidos al poco aprecio por la profesión bibliotecológica, por el descuido en que se tiene el rol social del profesional, y por el encasillamiento al que se ve sometida la profesión.
(c) Percepción de que el trabajo es repetitivo y rutinario, así como tensiones acumuladas.
(d) No experimentar el aprendizaje en forma enriquecedora (pp. 26-27).
Estos problemas fueron condensados por Gonçalves y Silva (2009) en dos clases: Los problemas de clima organizacional y los de jerarquía. En el primer grupo encontramos la falta de motivación, la desconfianza, el miedo a equivocarse y a la crítica, y sobre todo el conformismo. Los principales problemas de trabajar en una estructura jerárquica, burocrática, inflexible y crítica son el fallo del flujo de la comunicación y la discriminación, a los que se asocian diversos prejuicios, por ejemplo al asumir como gastos lo que se invierte en los servicios. Proponen maneras para comenzar a fomentar la creatividad de los bibliotecarios en su lugar de trabajo, y también recomiendan que se haga más investigación en la materia (pp. 422-425).
Algunos de estos autores proponen abordar el asunto de la creatividad bibliotecaria desde la formación profesional, mientras otros mencionan su urgente atención en el espacio laboral, como una manera de enfrentar los cambios, emprender mejoras, o meramente garantizar la permanencia de la biblioteca. Cuando se promueve la creatividad en el sitio de trabajo, recomiendan involucrar a todo el personal, o sólo a los funcionarios, y en algunos casos escuchar a los usuarios.
Es interesante notar que cuando estos autores quieren ejemplificar casos de creatividad, se refieren a la contribución de Dewey, el mismo cuyo sistema de clasificación quería simplificar con colores para los usuarios don Joaquín Fernández Baillet. Y es que en los tiempos que corren parece que veremos el final de la historia de este sistema de clasificación, en caso de que cunda la situación que me platicó Camila Alire, la presidenta de la American Library Association (ALA), en las pasadas Jornadas Mexicanas de Biblioteconomía, realizadas el año pasado en Acapulco. En esa ocasión, ella me dijo sobre dos bibliotecas públicas de su país que retiraron la clasificación decimal de Dewey de sus colecciones, luego de preguntar a sus usuarios qué podían cambiar para que se sintieran mejor en sus instalaciones. En este sentido, podemos seguir considerando novedosa la solución dada por Dewey a un problema de distribución y organización del acervo, aunque al parecer ha resultado históricamente dolorosa para los usuarios de las bibliotecas, e incluso pudo haber fomentado que hubiera no-usuarios. ¿Cuántos ejemplos como éste tendremos con los demás componentes de nuestras bibliotecas? Quizá deberíamos aplicar estudios para conocer la satisfacción de nuestros usuarios, y no sólo si están conformes con lo que les ofrece la biblioteca. También podríamos aplicar los conceptos del análisis de dominio de Birger Hjørland.
Si algo podemos tener claro en nuestra revisión bibliográfica es que todos los autores apuestan a responder afirmativamente a la pregunta con la que iniciamos esta reflexión, aunque luego no saben si aseverar que es el bibliotecario mismo, o las organizaciones que lo forman o las que lo emplean las que imposibilitan que éste sea efectivamente creativo, por lo que concluyen pidiendo, desde hace 25 años, que se realice más investigación sobre este asunto. Sin embargo, parece que estamos en la rifa del tigre: A ver cómo se lo lleva a su casa y lo mantiene quien lo gane. Por lo pronto, debemos seguir abordando este tema que puede dar tanto a la materia de este blog.

Bibliografía
Capó, M.R. (1995). ¿Lo que falta es creatividad? Informatio: Revista de la Escuela de Bibliotecología y Ciencias Afines, 1(1), 63-65.
Chávez Villa, M. (1992). Creatividad: Reto para el bibliotecario. Trabajo presentado en las XXIII Jornadas Mexicanas de Biblioteconomía, Septiembre, Mérida, Yuc.
Gonçalves, P. de C., Silva, N.P. (Jul. 2009). A Criatividade nas unidades de informação. Revista ACB: Biblioteconomia em Santa Catarina, Florianópolis, 14(2), 407-428.
Moriya de Freundorfer, Y. (Mar. 1984). La creatividad en el bibliotecario. Boletín Sistema Nacional de Información Científica y Tecnológica, 3(2), 19-20.
Villanueva, L. (2006). Motivación y creatividad para la bibliotecología de hoy. Buenos Aires: Alfagrama.

jueves, 1 de abril de 2010

12. LA LECTURA

Hace unos días encontré en la librería el nuevo libro sobre lectura que acaba de publicar Juan Domingo Argüelles, y que ha titulado La Letra muerta. Este agradable descubrimiento me lleva a reflexionar que el tema de la lectura es en verdad apasionante por donde lo veamos. Su historia es, junto con la de la escritura, una parte importante del devenir del simbolismo gráfico que se dio en distintas culturas.
Su estudio y desarrollo contemporáneos apuntan a un concepto más amplio de lectura, que la extiende hacia la lectura de imágenes sonoras, de imágenes fijas y en movimiento, de gestos y movimientos de las personas, de objetos, del mundo, etc. También se estudia la lectura no lineal, las relaciones de la lectura con el cuerpo, las formas de lectura, y el acto de leer y las lecturas entre grupos sociales particulares.
El proceso de la lectura (o “el leer”) tiene el propósito de dar un beneficio a quien lo ejerce, pues el individuo pasa de identificar significados potenciales en algo a un uso para sus propios fines de los mensajes identificados en ese algo. De esta manea, el leer abarca las siguientes etapas:
1. La identificación de algo que potencialmente puede tener un significado.
2. La puesta de atención en ese algo.
3. El reconocimiento de algunos de los componentes del algo a través de su comparación con los elementos de un alfabeto.
4. La identificación de un mensaje en ese algo.
5. Los recorridos que pueden hacerse al/desde el mensaje.
6. La comprensión del mensaje luego de cada recorrido.
7. El uso de cada comprensión para fines específicos.
Notaremos que en el proceso hay tres subprocesos, pues se inicia con un algo y a partir de una etapa se enfoca en un mensaje identificado en ese algo, para luego seguir con el mensaje.
En el subproceso de algo (etapas 1-3) aparecen algunas entidades: Algo y sus componentes, el significado y el alfabeto. Éstas se vehiculan a través de varias acciones: Identificación, puesta de atención, reconocimiento y comparación.
La etapa 4 es un subproceso de identificación del mensaje en algo, que culmina el subproceso de algo y sienta las bases para el subproceso del mensaje.
El subproceso del mensaje (etapas 5-7) sólo contiene una entidad y las acciones que se realizan en torno a ésta son el recorrido, la comprensión y el uso.
Podemos notar que al inicio de los subprocesos de algo y de la etapa 4 hay una acción de identificación: En un caso se identifica algo con un significado potencial, y en el otro el mensaje que hay en ese algo. Los subprocesos de algo y del mensaje siguen caminos distintos, que en buena medida tienen que ver con factores físicos, educativos y culturales del lector, que es quien efectivamente realiza los tres subprocesos. Podemos llamar “traductor” a quien realiza los subprocesos de algo y de la etapa 4, hasta el punto de identificación del mensaje, pero que no sigue más allá. A quien sólo realiza el subproceso del mensaje podemos llamarle “exegeta”. Es común que se asuma que el lector sólo realiza el subproceso del exegeta. Podemos dar muchos nombres a quienes realizan sólo el subproceso de la etapa 4. Asimismo, hay muchos otros nombres que podemos asociar a quienes realizan algunas de las etapas indicadas.
Es de notar que el proceso de la lectura es cíclico, ya que puede reiniciarse en varias etapas con diversas combinaciones.
Una persona se hace lector a través de una inquietud que le ayuda a superar las barreras propias de la lectura y de su entorno, o bien las impuestas al leer, que son muchas ya que la lectura puede politizarse muy fácilmente, verse sujeta a prejuicios o prohibiciones, ser tergiversada con facilidad, o no tener una infraestructura mínima para ser viable.
De esta manera, el problema de leer no consiste en el bajo número de lectores que hay, o el paupérrimo número de libros que leen esos lectores, sino en comprender cómo es posible que leamos y cómo se inserta el proceso de la lectura en el orden social. O sea, es el problema de la relación individuo-sociedad, en tanto que la lectura, aunque se realice de forma colectiva, siempre será un acto íntimo que dejará una impronta en el lector. Pero no tiene que ser un acto solipsista ni egoísta, sino que el leer puede formar identidades, establecer relaciones, ser compartido de manera didáctica, o servir como basamento para promover cambios.
Cuando notamos que a los niños o a los jóvenes no les interesa leer, en vez de buscar las causas en la televisión o la Internet (vistas como barreras), podríamos tratar de comprender cómo ejecutan el subproceso de algo o el subproceso de la etapa 4, en vez de meramente centrarnos en partes del subproceso del mensaje. Además, deberíamos considerar las barreras indicadas y otras, así como los valores y las imposiciones asociados a la lectura, pues hay infinitas maneras de poner obstáculos a la disponibilidad, la visibilidad, el acceso y el uso de la lectura y sus objetos.
Con posterioridad seguiremos revisando este tema que plantea un asunto apremiante para la salvaguarda y el desarrollo de nuestra gente. Mientras, son bienvenidos los comentarios.

domingo, 14 de febrero de 2010

11. ¿QUÉ ES UN DOCUMENTO?

El día de ayer tuve la oportunidad de escuchar una interesante conferencia que impartió el doctor José López Yepes en la Biblioteca Vasconcelos, la cual me ha motivado a hacer la presente reflexión.
Generalmente, las definiciones nos sirven para comprender el mundo y sus objetos, las relaciones, las ideas y todo lo que compone el ajuar cognitivo del ser humano. El conocimiento se sustenta en las definiciones, las cuales también sirven para establecer fronteras entre lo conocido y lo desconocido, así como entre los distintos objetos de conocimiento. De esta manera, una noción como la de “documento”, nos sirve para aclarar que existe un conjunto de objetos con ciertas características que se utilizan para ciertos fines, y con los que trabajamos los que ejercemos la bibliotecología, la biblioteconomía, la documentación y toda la fila de otros nombres asociados.
Recuerdo que en la escuela me enseñaron este concepto con cierto recelo, definiéndolo como algo etéreo: “cualquier soporte de información”. Entre mis condiscípulos nos preguntábamos si la tapa de un refresco sería un documento, o si el vestido de la abuela podría ser lo mismo. Lo que ocurría es que el documento parecía contener todos los tipos de materiales bibliográficos que habíamos conocido, más otros más desconocidos. Cualquier idea cabía en esta concepción de documento, incluso las montañas, como en el aforismo que se atribuye a Mahoma: “Si la montaña no viene a mí, yo voy a la montaña”. Toda la naturaleza tiene un mensaje para los seres humanos, de lo que se desprende que todo lo que nos rodea es soporte de la información, o sea, todo es documento. En esta documentósfera es fácil tener extravíos y vértigos. Más cuando uno se tropieza con cierta definición de Dervin para la información: “Un mensaje que significa algo para alguien”, pues juntando las dos nociones, tenemos que el documento es cualquier soporte de mensajes que signifiquen algo para alguien”.
Todo este festín para un profesional de la información se tropieza con la definición que acabo de encontrar en la Wikipedia para el documento, que dice que “es el testimonio material de un hecho o acto realizado en el ejercicio de sus funciones por instituciones o personas físicas, jurídicas, públicas o privadas, registrado en una unidad de información en cualquier tipo de soporte (papel, cintas, discos magnéticos, películas, fotografías, etcétera) en lengua natural o convencional. Es el testimonio de una actividad humana fijada en un soporte”. Según esta cita, el documento es:
(1) Un testimonio material de un hecho o acto, de una actividad humana.
(2) El hecho o acto es realizado en el ejercicio de sus funciones por instituciones o personas físicas, jurídicas, públicas o privadas.
(3) Es registrado en una unidad de información.
(4) Se registra en cualquier tipo de soporte (se fija en el soporte), en lengua natural o convencional.
El documento deja de estar en la naturaleza, y sólo puede ser testimonio de la actividad que realizan los seres humanos de manera personal, grupal o a través de instituciones. La idea de registro en un soporte (punto 4) en una lengua es acorde a la idea primera que expuse al inicio. Sin embargo, pensar que una condición sea su registro en una unidad de información para que se le considere documento es excesivo, pues limitaría estas entidades sólo a aquéllas que se registren en una biblioteca, un archivo, o en otro tipo de unidad de información.
Podemos pensar que así expresada, esta definición introduce unas limitaciones para hacer manejables los llamados “documentos” para los profesionales de la información, aunque también es susceptible de introducir algunas dudas:
- ¿Qué es un testimonio? Según la RAE es una afirmación o aseveración de algo. ¿Quién decide si lo que está en un soporte es un testimonio? ¿Cómo se toma esta decisión?
- ¿Debe distinguirse entre hecho, acto, actividad humana y función? ¿Debe haber alguna valoración establecida para hacer esta distinción?
- ¿Qué es lo que registra la unidad de información? ¿Cómo lo registra? ¿Con qué fin?
- ¿Cuál es la relación entre la información y el soporte en el que se le fija? ¿Cambia la información al cambiar el soporte?
Un importante aspecto que debemos notar es que en esta noción el soporte impone una limitación, pues muchos mensajes nunca se fijan en alguno. ¿Qué ocurre con esos mensajes? Además, pareciera que la información sólo pudiera existir para el profesional de la información porque está fijada en un soporte. ¿Esta es la idea? ¿Podemos superar esta limitación sustituyendo el soporte o la fijación en el mismo? Al respecto, debemos notar que la fijación en el soporte es una tecnología muy poderosa y con una larga historia, que se ha visto como propensa a dar ventaja a los pueblos que la utilizan sobre otros que no la han consolidado, más a sabiendas de que el documento puede trascender en el tiempo y el espacio. Por otra parte, actualmente se ve cada vez más una tendencia a hacer casi invisible la fijación en el soporte, aunque siga presente. Ejemplos de esto son los registros in fraganti en fotografía, audio y video. ¿Es la invisibilidad una estrategia para extender el dominio de la fijación en el soporte?
Llevando este cuestionamiento al ámbito de la comunicación, tendríamos que la noción de documento de la Wikipedia sólo aplica a un par de formas que podríamos llamar “comunicación documental” y “comunicación documentada”, que aunque cercanas remiten a dos nociones distintas conforme la RAE, pues la primera estaría basada en documentos, en tanto la segunda estaría también acompañada por ellos.
Todas las informaciones manifestadas en formas de comunicación ajenas a la fijación en un soporte estarían fuera de la esfera de interés y acción del profesional de la información. De esta manera, se debe considerar con cierto recelo el vértigo de confundir lo que dice el mensaje fijado en un soporte con la realidad, pues esta realidad abunda en todas las formas de comunicación en las que trascurren los hechos, los actos, las acciones humanas y las funciones.
Concluimos esta reflexión provisionalmente, pues son muchas las interrogantes que han surgido y hay brumas para detectar caminos alternos a los habituales. Los profesionales de la información trabajamos con documentos, en el sentido expresado por la Wikipedia, aunque lo hacemos desde una perspectiva artificial que puede resultar útil para algunas comunidades, pero no para las que puedan ponderar otras formas de comunicación. Pensar en llevar estos documentos a esas comunidades excluidas a través de procesos de formación, por mercadotecnia, mediante servicios ambulatorios o por otros medios, siempre se tropezará con esta realidad que hemos expuesto, pues es resultado de un artificio útil que no alcanza para satisfacer a toda la humanidad.
Veremos más adelante otras reflexiones sobre este particular.

Bibliografía
Documento. (n.d.). Wikipedia: La Enciclopedia libre. Recuperado: 14 feb. 2010. En: http://es.wikipedia.org/wiki/Documento.
Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española. 22a ed. Madrid: RAE. Recuperado: 14 feb. 2010. En: http://www.rae.es.

jueves, 28 de enero de 2010

10. ¿PARA QUE SIRVE UNA BIBLIOTECA PÚBLICA?

Según Swanson (1979), para mejorar las bibliotecas debemos empezar por tratar de identificar y comprender cuál problema intentan resolver. Esto nos lleva a una pregunta que hicimos antes en este blog: ¿Para qué sirve la biblioteca? Él utiliza como ejemplo la biblioteca de investigación, para la cual el problema central es proporcionar el tipo de acceso a la información registrada que facilite, de la mejor manera, el crecimiento del conocimiento. Sin embargo, aquí asoma un gran supuesto: Que la mera disponibilidad y el acceso a ese recurso llevan al uso, o sea, a una conducta predeterminada, determinista. Sin embargo, el error en la definición del problema de este caso no resta interés al planteamiento inicial de Swanson. Así, podemos preguntarnos cuál es el problema que intenta resolver la biblioteca pública en este país.
Mucho se ha escrito sobre los dos grandes problemas que presuntamente se quieren atender en México con la biblioteca pública: Mejorar la calidad de la educación de la población a través de la disponibilidad de recursos documentales para la información, la formación y la recreación; así como contribuir a la formación de lectores de libros. Es de notar que a más de 25 años que se estableció la Red Nacional de Bibliotecas Públicas en México, el sistema educativo público del país ha reprobado varias veces la prueba PISA que aplica la OCDE, además de que la misma organización ubica a esta nación en el lugar 107 de entre 108 en su estudio sobre hábitos de lectura (Sheridan, 2007).
De esta manera, tendríamos que cuestionar los problemas que supuestamente intentan resolver las bibliotecas públicas, quizá indicando que más bien corresponde a la escuela resolver el primer problema indicado, y que para ambos problemas la biblioteca pública sólo participa como contribución. Pero entonces, ¿no tenemos un problema que intente resolver la biblioteca pública?
De suyo, la biblioteca pública ha sido una idea y una institución trasplantadas en nuestro país, pues hasta ahora no hemos sabido de proyectos generados por los pueblos originarios de estas tierras para contar con esta institución. Al respecto, escribió en su momento Ignacio Osorio Romero (1988) que no sabemos a ciencia cierta si los pueblos prehispánicos tenían bibliotecas, pues los conceptos de biblioteca y libro son de origen europeo, además de que los mismos cambian al pasar los años.
Lo hasta aquí escrito se parece a una anécdota de la Revolución Mexicana, que alude a un hacendado porfiriano que obligaba a sus peones a llegar a trabajar con pantalones y zapatos, en lugar del tradicional calzón de manta y los pies descalzos o con huaraches. Este progresista señor tenía una tienda de raya en su propiedad donde amablemente daba crédito a sus trabajadores para que pudieran adquirir esas piezas de vestuario y así cumplieran con las condiciones para poder trabajar. Los peones ganaban tan poco que jamás podían terminar de pagar las deudas que contraían de esta manera, mismas que heredaban sus familias si fallecían.
No queremos asegurar que la biblioteca pública sea en México una imposición para comprometer a la población ante un gobierno bonachón que así cuida su bienestar y la prepara para ser una clase trabajadora calificada y obediente. Tampoco podemos aseverar que la ausencia de las personas pudientes como usuarios de las bibliotecas públicas indique una división de clases. Tan sólo nos interesa saber si este tipo de biblioteca intenta resolver un problema en México.
Quizá la biblioteca pública mexicana sirva para acercar a la población a la alta cultura, pues como la mayoría es pobre o extremadamente pobre, no podría acceder por sus propios medios a los recursos que le ofrece esta institución. Pero, ¿para qué sirve poner recursos de información y conocimiento de la alta cultura al alcance de población pobre? Algunas respuestas pueden ser las siguientes: (a) Para que aprenda a dejar de pensar como pobre y tenga otras miras que le ayuden a progresar; (b) Para que conozca los contenidos que le pueden servir para integrarse a la forma de pensar occidental y universal; (c) Para que disfrute los libros que escribe o publica la élite cultural nacional; y un gran etcétera. Cada una de estas respuestas apunta en un sentido distinto, que se abre a un problema por resolver. Sin embargo, cuál de entre todos sea el, o los que en realidad son atendidas por la biblioteca pública, es un tema de investigación abierto, que apenas apunta a una complejidad que demanda atención si queremos que esta institución sirva para algo en este país. Seguiremos con este asunto.

Bibliografía
Osorio Romero, I. (1988). Historia de las bibliotecas en Puebla. México: SEP, DGB.
Sheridan, G. (Abr. 2007). La Lectura en México/1. Letras libres. Recuperado: 29 ene. 2010. En: http://www.letraslibres.com/index.php?art=12023.
Swanson, D.R. (Jan. 1979). Libraries and the growth of knowledge. The Library quarterly, 49(1), 3-25.

sábado, 23 de enero de 2010

9. 2010: NUEVO ABORDAJE

En este año, he decidido cambiar la manera como llevo este blog, de tal forma que en algunas ocasiones seguiré la tónica que manejé el año pasado, con pequeños ensayos soportados por un aparato crítico, y a partir de ahora también voy a incluir textos con reflexiones que haga al alimón.
De esta manera, daré comienzo con unas cuantas ideas que cruzan mi mente ante el surgimiento de los servicios bibliotecarios ambulatorios, que es un tema que me parece bastante interesante. Al respecto, cada vez leemos con más frecuencia, sobre todo en la lista de discusión bibliotecaria IWETEL, que se están utilizando las redes sociales y los dispositivos electrónicos de comunicación móvil (DECL) para proporcionar servicios bibliotecarios. Es así que las bibliotecas emprenden nuevas formas de acercamiento a sus usuarios con apoyo en la tecnología, que cada día presenta nuevas novedades. A través de las redes sociales, mediante administradores de contenidos como Facebook o Hi5, las bibliotecas están buscando tener más visibilidad y que se conozca mejor lo que realizan y ofrecen. Además, por medio de foros, blogs, tablones de avisos y el Twitter, buscar mantener una comunicación permanente con aquellos a quienes reconocen como sus usuarios.
Sin embargo, es de notar que no toda la gente accede a las computadoras e Internet, además de que los DECL están posicionados en ciertos grupos sociales, pero no en la totalidad de la población.
El atractivo de estas nuevas formas de acercar la biblioteca al usuario tiene como trasfondo un problema real que enfrentan los bibliotecarios de muchos países: La reducción de la demanda de los recursos y servicios bibliotecarios. Este problema se manifiesta de varias maneras: A través de la disminución de la afluencia de los usuarios a la biblioteca; por la decreciente estadística de préstamos de documentos; y por otros indicadores estadísticos de que dispone la biblioteca.
Al preguntarnos por qué se da esta reducción del interés y la necesidad de los usuarios, se ha argumentado que ellos tienen a su disposición otros recursos y servicios para obtener la información, particularmente a través de la Internet. Si analizamos más a profundidad la situación, encontramos que algunos bibliotecarios han comparado la Internet con las bibliotecas, detectando que a través de la red se puede obtener cierta información y documentos de forma gratuita, las 24 horas del día, sólo bastando tener una computadora y conectividad. Además, a veces las personas no tienen que trasladarse para buscar la información y los documentos, y también pueden realizar todas sus tareas en la comodidad de su hogar y sin la intermediación de otra persona.
Algunos han visto en estas diferencias la ventaja de la Internet sobre la biblioteca, e incluso han pronosticado la desaparición de la segunda. Otros han comentado que, pese a esa ventaja la biblioteca seguirá siendo necesaria, pues no toda la información ni todos los documentos están en la red, además de que seguirán publicándose obras fuera del ámbito de las redes. Unos más señalan la necesidad de reconceptuar la biblioteca, introduciendo nociones nuevas como las de “biblioteca híbrida” y “espacio común de información” (“information commons”, en inglés), hasta quienes proponen trasladar toda la biblioteca a la red bajo el concepto de la “biblioteca digital”.
Frente a todos estos análisis y propuestas de solución me inquieta la duda sobre si realmente estamos entendiendo el problema: LA REDUCCIÓN DE LA DEMANDA DE LOS RECURSOS Y SERVICIOS BIBLIOTECARIOS. ¿Es éste el problema? ¿Es todo el problema o sólo se enuncia una parte? ¿La disponibilidad de recursos en la Internet es causa de este problema?
Por muchos años, la atadura de la biblioteca a un espacio físico se vio como una limitante para atender a ciertos tipos de usuarios. De esta manera, se crearon servicios de extensión bibliotecaria para los enfermos recluidos, los presos, las escuelas y ciertos públicos especiales, como los académicos, los políticos y los empresarios. También se establecieron servicios bibliotecarios móviles para llegar a comunidades alejadas de la biblioteca. Además, desde hace varios lustros, la biblioteca aprovechó las tecnologías de comunicación para extender sus servicios más allá de sus paredes: Por medio del télex, el teléfono, el fax y ahora la red de redes. No obstante, los servicios de extensión bibliotecaria no se llevaron a cabo en todas las bibliotecas, sino sólo se aplicaron en una minoría, debido sobre todo a los costos de operación.
A lo anterior debemos agregar el problema de las barreras del acceso a los recursos y servicios bibliotecarios, pues las bibliotecas, dependiendo del tipo que sean, definen quiénes son sus usuarios, por lo que no cualquiera puede disfrutar de sus servicios. A esto agregamos que todas las bibliotecas imponen reglamentos de servicios que muchas veces se oponen a los requerimientos de sus usuarios, y que se diseñan más por lo que la biblioteca puede ofrecer con sus propias limitaciones.
Si a estos factores agregamos la relación bibliotecario-usuario, que no siempre es cordial, las carencias del desarrollo de las colecciones, y todas las demás barreras y limitaciones que impone la biblioteca al usuario -a veces porque se ve obligada a hacerlo- para que pueda utilizar los recursos y servicios, tendremos un cuadro más realista de qué tanto la reducción de la demanda es un problema. Es así que ésta es sólo una parte del problema, y junto a ella hay otras más: Por ejemplo, los problemas de presupuestos insuficientes y las limitaciones que el entorno impone a la biblioteca.
El que la biblioteca defina su razón de ser por el número de usuarios que usan sus recursos y servicios es también parte del problema, que se origina en supuestos de equidad e igualdad de oportunidades de los usuarios. Sin embargo, no debe olvidarse que son los bibliotecarios quienes determinan quién es y será su usuario.
En este sentido, se asumen como punto de partida concepciones ideales del usuario, a veces soportadas por estudios de usuarios que recurren a los mismos supuestos que buscan probar. Así, a veces se acepta como verdad que el usuario es una persona que conoce el valor de la información (o debería conocerlo), que tiene la formación en las competencias para hacer buen uso de la biblioteca (o debería tenerla), que tiene las competencias para leer adecuadamente los documentos y extraer de ellos la información y el conocimiento que necesita (o debería tenerlas), que es bien intencionado (o debería serlo) y un largo etcétera.
Asoma entonces una situación polimorfa, en la que vemos que la reducción de la demanda tiene que ver con los recursos y servicios disponibles, cuya posibilidad depende de factores externos e internos de la biblioteca. Vemos también que junto a este problema hay supuestos que necesitan ser revisados y actualizados, así como situaciones históricas que se han identificado como problemáticas en diversa medida. Entonces, la reducción de la demanda es una cara de un problema mayor, que es la biblioteca misma. ¿Qué está haciendo la biblioteca? ¿Para qué sirve? ¿A quién sirve? ¿Debe cambiar permanentemente para adecuarse a qué o quién: Al capricho de sus propietarios o administradores, al documento, al usuario, a los cambios en las relaciones sociales, a algunos de estos, a todos o a otros? Esperamos seguir tratando este tema más adelante.

sábado, 3 de octubre de 2009

8. SOBRE LA IDENTIFICACIÓN DE LAS NECESIDADES DE INFORMACIÓN Y CONOCIMIENTO

Hace cosa de dos semanas, un entusiasta grupo de cinco personas interesadas en desarrollar un proyecto tecnológico de biblioteca digital para un pueblo indígena mexicano fuimos a hacer una práctica de campo en asentamientos humanos del sureste de nuestro país, en el estado de Yucatán. Nuestra intención era levantar información para hacer una propuesta de instrumentos que se quiere utilizar para realizar un diagnóstico, que luego sirva para el diseño de nuestro proyecto.
Además de que no dominamos la lengua indígena maya del territorio al cual entramos, nos encontramos varias barreras debidas a nuestros referentes de vida, por el lenguaje que utilizábamos (a veces demasiado formal o académico) y por nuestros prejuicios, con los que tuvimos que lidiar en todo momento para atenuarlos.
Los indígenas mayas con los que tratamos están bastante occidentalizados, aunque aún siguen tradiciones y tienen costumbres que los distinguen de la población mestiza y blanca que incursiona en su territorio o que se encuentra en otros poblados circundantes.
En todas las intervenciones que hicimos en Valladolid, Chemax y Sisbicchén, y en las que tratamos con mayas, pudimos ver que estas personas manejan su lengua materna en todos los aspectos de su vida cotidiana, particularmente en el ámbito privado. Sin embargo, también notamos y escuchamos, con algo de preocupación, que les avergüenza hablar en maya en algunos ámbitos públicos, y que tienen la misma emoción por no dominar bien el español. La vergüenza también está presente en sus consideraciones sobre su propio idioma, pues piensan que el inglés y el español gozan de mayor prestigio para poder incursionar en el mercado laboral, en las actividades comerciales, y para desempeñarse en la vida diaria, incluso dentro de sus poblados. Un cuarto ejemplo de la vergüenza lo encontramos en los comentarios que nos hicieron sobre el uso de neologismos del español en la lengua maya, por ejemplo, para hacer cuentas a la hora de cobrar en una tienda, o incluso cuando existe una palabra en maya, pero se prefiere utilizar su traducción al español: i.e., para decir “tienes problema” en maya lo enuncian como “yam problema”.
La mayoría de la población maya no sabe escribir en su lengua, pues aunque muchos niños y jóvenes cursan la educación primaria bilingüe, cuando llegan a la escuela secundaria se les obliga a no volver a utilizar su propio idioma, lo cual deviene en un gran choque para ellos, pues se habían acostumbrado a una forma de educación que los introducía paulatinamente al español, respetaba su propia lengua e incluso la usaba para darles las explicaciones de lo que no entendían en español durante las clases.
Con una lengua que cuando se expresa oralmente puede producir vergüenza, y cuando se escribe no puede ser leída, es difícil emprender un proyecto como el que nos proponemos, pues las necesidades de información y conocimiento de los usuarios potenciales deben expresarse por algún medio lingüístico.
A pesar de esto, encontramos mayas que nos hicieron notar la importancia de que en nuestro proyecto valoremos la comunicación oral, más que la escrita. Asimismo nos indicaron su necesidad de conocer y dominar el español y el inglés, y también para que puedan conocer más sobre la cultura e historia mayas y tengan elementos para dotar de contenido los productos artesanales que venden (y así darlos a un mejor precio), para poder rescatar los conocimientos que se están perdiendo (por ejemplo, de los ancianos sabios, o j-meno’ob), para poder encontrar trabajo, para poder vender sus productos, para aprender viejas y nuevas prácticas y conocimientos que les sirvan para su vida, o para que satisfagan su gran curiosidad.
En Valladolid, conocí a una chica maya que venía de Kanxoc, un pueblo que se encuentra a 11 kilómetros, con quien pude platicar y construir juntos el siguiente juego de palabras: “Ak’” (=“tortuga”), “ek’” (=“estrella”), “ik’” (=”aire”), “ok’” (=”pie”) y “uk’” (=”piojo”). Esta joven se llama Blanca y ganó un premio estatal en el año 2000 por un relato que escribió en maya, cuando salía de la primaria bilingüe. Describió el llamado “baile del cochino” en tres páginas y le avisaron que había ganado tres mil pesos y un diploma, que fue a recoger a la capital del estado cuando ya estaba estudiando en la escuela secundaria, donde le prohibían hablar en maya.
Blanca terminó la secundaria y no pudo seguir estudiando, pues su familia no tenía el dinero para apoyarla. Además, en este mundo, las mujeres se deben casar entre los 15 y los 20 años, pues si no lo hacen se “quedan a vestir santos” y nadie las quiere. Blanca debe tener 21 años ahora, ha olvidado mucho de la escritura en lengua maya y trabaja con unos familiares en Valladolid, donde parece que su tía la quiere apoyar para que siga estudiando, pues es muy lista con la computadora y la Internet. Esta es una historia venturosa, pues la hermana mayor de Blanca, una chica con un problema físico en la columna vertebral, está destinada a vivir soltera atendiendo la cocina, a pesar de que se nota más inteligente que su hermana menor.
Estas dos señoritas tienen una curiosidad insaciable, pues escuchan a las tres de la tarde las noticias en maya de Radio Candela, buscan lo poco que hay en televisión en maya (noticias culturales en la TV estatal) y Blanca me dijo, en voz baja, que había comprado en su pueblo una vida de Jesucristo en maya con un vendedor de vídeo pirata. Esto nos habla de una carencia de infraestructura para atender a esta población, en tanto que la misma busca información y conocimientos adecuados a sus requerimientos y posibilidades. Asimismo, manifiesta una gran necesidad de esta gente por aprender y capacitarse.
A partir de esta experiencia, estamos revisando, criticando y rehaciendo los instrumentos que habíamos elaborado previamente, mismos que ahora vemos con otra óptica. También nos interesa mucho aprender de este pueblo indígena todo lo que podamos sobre la atención que debe darse a estas comunidades en materia de información y conocimiento, con el ánimo de tener más elementos para las intervenciones que haremos como parte de nuestro proyecto.
Antes de esta experiencia, pensaba que las necesidades de información sólo debían manifestarse como demandas, esto es, como expresiones que explícitamente, aunque a veces no de modo correcto, nos presentan los usuarios a los bibliotecarios. Sin embargo, ahora noto que las necesidades de información son un sub-sistema del sistema social. Dicho de otra manera, no podemos ver las necesidades de información de una comunidad como la mera suma de las necesidades de información que plantean los sujetos que la conforman, sino que están compuestas por lo que uno requiere, pero otro no; lo que uno demanda, pero otro no ha pensado; lo que uno más carece, aunque otro lo tenga, quizá en abundancia. Los requisitos, las demandas y las carencias son todas necesidades de información, que interactúan en la medida en que a la vez que se manifiesten algunas necesidades, los que no las tengan puedan ayudar a los que las hayan expresado; en este sentido, las bibliotecas son los lugares donde se institucionaliza la manifestación y la atención de estas necesidades.
Las interacciones de este sub-sistema definen el sistema de necesidades de información y conocimiento de las comunidades. En particular, esta noción es de interés para nuestro proyecto en la medida del carácter participativo que deseamos darle a nuestras intervenciones. Sin embargo, aún falta desarrollar esta idea y, aún más importante, probarla con nuestros usuarios potenciales. Como podemos avizorar, tenemos mucho camino por andar en los sac be’ (=“camino blanco”) mayas.

Nota
La práctica de campo que aquí se menciona se realizó por medio de observaciones y entrevistas en Mérida, Valladolid, Chemax y Sisbicchén, en el estado de Yucatán, México, los días 15 a 21 de septiembre del presente año.